Durante la perimenopausia y la menopausia, el cuerpo atraviesa cambios reales, medibles y bien estudiados. Conocé cuáles son y cómo afrontarlos.
El descenso de los niveles de estrógenos impacta directamente en el tracto urogenital, generando síntomas que muchas veces se naturalizan… o se silencian. Entre los síntomas más frecuentes se encuentran:
Este conjunto de síntomas forma parte de lo que hoy se conoce como síndrome genitourinario de la menopausia (SGM).
* Esta última puede estar asociada a cambios en el soporte del suelo pélvico, que en algunos casos se vinculan a prolapsos de órganos pélvicos.
Los estrógenos tienen un rol clave en el mantenimiento de la elasticidad y el grosor del epitelio urogenital, la vascularización de los tejidos, la producción de colágeno, el equilibrio de la microbiota vaginal.
Su disminución genera:
Son frecuentes, pero no inevitables.
Existe evidencia sólida de que intervenciones tempranas pueden mejorar la calidad de vida, reducir la recurrencia y disminuir la progresión de los síntomas.
Más allá de los tratamientos médicos específicos, los hábitos diarios tienen un impacto directo y demostrable sobre la salud urinaria.
Una ingesta hídrica acorde a la época del año, al nivel de actividad y al gasto físico favorece el adecuado flujo urinario.
Una orina más diluida reduce la concentración de solutos irritantes, lo que puede disminuir síntomas como ardor o urgencia.
La alimentación tiene un rol relevante en la salud urinaria, por su impacto sobre la irritación vesical y el metabolismo urinario.
Algunos componentes de la dieta pueden actuar como irritantes de la mucosa vesical, favoreciendo síntomas como urgencia, aumento de la frecuencia o disuria en personas susceptibles.
Por otro lado, la alimentación también influye en el pH urinario y en la composición de la orina, lo que puede impactar en la formación de cristales o litiasis.
El equilibrio de la microbiota vulvovaginal es clave para la protección frente a infecciones y el bienestar urinario.
El uso excesivo de productos de higiene o con componentes irritantes puede alterar este equilibrio natural.
Asimismo, la limpieza excesiva del área genital y el uso frecuente de productos descartables pueden favorecer la irritación, la sequedad y una sensación de humedad no fisiológica.
Es importante diferenciar esta humedad de la lubricación natural, que refleja un adecuado estado de los tejidos.
Cuidar esta zona también implica respetar su fisiología.
El entrenamiento del suelo pélvico, junto con la actividad física regular, cumple un rol clave en la salud urinaria.
Su fortalecimiento mejora la continencia y el soporte uretral, mientras que el movimiento favorece la circulación, el metabolismo y el bienestar general.
Estas herramientas, con evidencia sólida en el manejo de la incontinencia, forman parte de un abordaje integral y accesible en la vida cotidiana.
La evidencia científica es clara: la salud urinaria en esta etapa no depende de un único factor.
Es el resultado de la interacción entre cambios hormonales y hábitos cotidianos.
Aquí es donde cobra sentido la acción sostenida.
Pequeñas decisiones diarias —repetidas en el tiempo— pueden modificar el curso de los síntomas.
No es necesario esperar a que el malestar sea limitante.
A veces, el cambio empieza por algo simple: registrar.
Registrar lo que sentís, lo que cambia, lo que incomoda.
Y desde ahí, empezar a actuar.
Porque la salud, en gran medida, es el resultado de lo que hacemos todos los días.
Cada mujer transita esta etapa de manera diferente.
Pero ninguna debería hacerlo sin información, sin herramientas y sin acompañamiento.